Pierre
Auger Cosmic Ray
Southern
Observatory
Malargüe,
Argentina
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Arando
Vientos ó Arando Gorilas |
Juan Pezzani y su obra
En torno a ciertos hierros de Pezzani
Desde la obra anterior, aquella larga serie de "maderas
polícromas" en cierto sentido "manieristas" que recordaban
extraños edificios perdidos en el tiempo, a estos "hierros" de
hoy, ha operado la síntesis. Pero la huella de la tierra, de la
factura humana y una visión de eternidad se respiran en toda la
obra de manera invariable.
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La materia es desgarrada, en cierto modo tocada en sus límites
y en su interior, su grito se escucha cuando resiste la herramienta con
esa tensión que guardó en su nacimiento y que redobla al
primer golpe, al primer giro, convirtiéndose a su vez en
herramienta para invitar al surco a que exista.
El disco de arado roto, la fresa que ya nunca más dominará
la materia, desgarrándola, la arandela que, cortada, fue torcida
por una fuerza superior que la inutilizó, inmortalizándola. En
consecuencia, la semilla no será echada a un surco inexistente, por
eso no germina y menos florece, porque no está. Sólo
permanecen las herramientas como testigos del tiempo, como parodiando un
reloj que se detuvo en la eternidad.
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Ahora el tiempo habla en la superficie, en esa renovación constante
de adentro hacia fuera que es la oxidación. Paradójicamente
es en el óxido, textura del abandono, donde se refleja la
decadencia de la industria y el agro nacional, un círculo vicioso
en el que el todo se relaciona con todo, pero donde el engranaje roto no
trasmite el movimiento a su par. Se presiente que la tierra ha cedido ante
estos hierros, pero el hierro cede, pese a su resistencia, ante la tierra
que terminará por devorarlo. Sin embargo, estas esculturas tienen
la historia de haber cedido a su vez a otra mano de hierro. En definitiva,
esto, no es más que materia dominada intentando vencer al
tiempo.
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| Pablo M. Ungaro |
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Arando
Vientos ó Arando Gorilas |
Juan Pezzani y su obra
En torno a ciertos hierros de Pezzani
Desde la obra anterior, aquella larga serie de "maderas
polícromas" en cierto sentido "manieristas" que recordaban
extraños edificios perdidos en el tiempo, a estos "hierros" de
hoy, ha operado la síntesis. Pero la huella de la tierra, de la
factura humana y una visión de eternidad se respiran en toda la
obra de manera invariable.
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La materia es desgarrada, en cierto modo tocada en sus límites
y en su interior, su grito se escucha cuando resiste la herramienta con
esa tensión que guardó en su nacimiento y que redobla al
primer golpe, al primer giro, convirtiéndose a su vez en
herramienta para invitar al surco a que exista.
El disco de arado roto, la fresa que ya nunca más dominará
la materia, desgarrándola, la arandela que, cortada, fue torcida
por una fuerza superior que la inutilizó, inmortalizándola. En
consecuencia, la semilla no será echada a un surco inexistente, por
eso no germina y menos florece, porque no está. Sólo
permanecen las herramientas como testigos del tiempo, como parodiando un
reloj que se detuvo en la eternidad.
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Ahora el tiempo habla en la superficie, en esa renovación constante
de adentro hacia fuera que es la oxidación. Paradójicamente
es en el óxido, textura del abandono, donde se refleja la
decadencia de la industria y el agro nacional, un círculo vicioso
en el que el todo se relaciona con todo, pero donde el engranaje roto no
trasmite el movimiento a su par. Se presiente que la tierra ha cedido ante
estos hierros, pero el hierro cede, pese a su resistencia, ante la tierra
que terminará por devorarlo. Sin embargo, estas esculturas tienen
la historia de haber cedido a su vez a otra mano de hierro. En definitiva,
esto, no es más que materia dominada intentando vencer al
tiempo.
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| Pablo M. Ungaro |
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